El suelo es el lugar en el que empieza el ciclo de la vida, allí es donde germinan las semillas para dar lugar a los frutos que nos alimentarán, y allí también es el lugar donde se descompone la materia muerta para dar paso a nueva vida.
Un suelo infértil, castigado, agotado y contaminado no podrá desarrollar vida, por lo que su conservación y regeneración son primordiales a la hora de frenar el deterioro acelerados al que se ha visto expuesto en la época en la que vivimos.
Es por eso que desde el año 2014, cada 5 de diciembre se celebra el Día Mundial del Suelo, siendo su principal objetivo el de concienciar sobre la importancia del mismo y su relación con el agua, para asegurar el mantenimiento de la vida y conseguir sistemas agroalimentarios sostenibles y duraderos.
Pero, ¿qué es un suelo sano?
Un suelo sano es aquel que tiene la capacidad de operar como un ecosistema vivo esencial, capaz de mantener sus funciones. Constituye un entorno complejo integrado por materia orgánica, insectos, microorganismos, sistemas radiculares de las plantas, aire, agua y minerales. Un suelo sano es productivo y sostenible, siendo capaz de proporcionar los nutrientes esenciales, agua, oxígeno y el soporte necesario para el establecimiento de las plantas, así como la protección de sus raíces.
Importancia del suelo para la producción de alimentos
El mantenimiento de la salud del suelo debería ser un imperativo ya que de su estado depende la producción de alimentos: según la FAO, el 95% de los alimentos que consumimos, se producen directa o indirectamente en nuestros suelos, y 15 de los 18 elementos básicos químicos esenciales para las plantas proceden del mismo. Pero, además y a pesar de que no se le puede considerar como un recurso no renovable, lo cierto es que hacen falta hasta 1000 años para que se forme un centímetro de suelo, por lo que su conservación es muy necesaria. Si queremos ser capaces de suplir la demanda de alimentos que se estima para el año 2050, habrá que implantar una gestión sostenible para poder aumentar la producción agrícola a los niveles estimados (60% a nivel mundial) y preservar a su vez la conservación del suelo a largo plazo.
Una de las premisas de la gestión sostenible del suelo se basa en la eficiencia de los insumos que se emplean, añadiendo lo justo que necesitan nuestros cultivos y haciendo más eficiente el uso de los mismos. De la misma manera, la implementación de prácticas agrícolas sostenibles como la labranza mínima, la rotación de cultivos, el aporte de materia orgánica y el mantenimiento de las coberturas vegetales contribuyen a mejorar la salud del suelo y preservar su biodiversidad.
El papel de los microorganismos en la salud del suelo
En este punto es donde cobran realmente importancia los microorganismos que habitan en nuestros suelos. Se estima que cada centímetro de suelo alberga millones de microorganismos tales como bacterias y hongos, y estos son los encargados de mejorar la estructura del suelo y aumentar la disponibilidad de nutrientes y agua para la planta. Además de desempeñar una labor protectora contra organismos patógenos presentes en el suelo y que son causantes de múltiples enfermedades.
Bacterias PGPR
Ejemplos de ello son las bacterias PGPR (Plant Growth Promoting Rizobacteria) “bacterias promotoras del crecimiento vegetal”, tales como Pseudomonas spp y Bacillus spp, que habitan en la rizosfera de las plantas y aportan beneficios como la estimulación del crecimiento vegetal, protegen el sistema radicular de la planta del ataque de posibles patógenos, y además aumentan la disponibilidad de nutrientes para la planta a través de la descomposición de la materia orgánica.
Un ejemplo de ello es Pseudomonas putida, potente bioactivador y promotor del crecimiento vegetal de la planta, capaz de incrementar la disponibilidad del fósforo y el hierro presentes en el suelo mediante la solubilización del fósforo inorgánico y la producción de sideróforos que aumenten la asimilación de hierro; desbloquear el calcio para favorecer su absorción por la planta, solventando así fisiopatías provocadas por su carencia; y proteger la raíz de posibles ataques por patógenos de suelo, a través de la secreción de exopolisacáridos EPS para la creación de biofilm.
Hongos beneficiosos
Entre los diferentes hongos beneficiosos presentes en el suelo y que interactúan con la raíz de las plantas, se encuentran los pertenecientes al género Trichoderma spp. Los cuales se adaptan a una amplia variedad de condiciones ambientales y obtienen su energía de la materia orgánica en descomposición. Poseen además un rápido crecimiento, pudiendo proliferar en multitud de suelos, son tolerantes a condiciones ambientales extremas y además presentan un gran potencial antagónico frente a diversos hongos fitopatógenos que generan pérdidas severas en la agricultura.
El género Trichoderma está considerado como uno de los mejores agentes de biocontrol debido a sus múltiples mecanismos de actuación, los cuales comprenden desde herramientas enzimáticas a químicas. Su actividad defensiva se puede basar en mecanismos directos como la parasitación de otros hongos fitopatógenos, o mecanismos indirectos como el antagonismo o competencia por el espacio y los nutrientes, la antibiosis o segregación de compuestos con actividad microbiana, y la resistencia inducida, o estimulación de los mecanismos de defensa de la planta.
Relación entre suelo y cambio climático
Además de garantizar la seguridad alimentaria y nutricional, los suelos ricos en nutrientes y microorganismos ayudan a mitigar los efectos del cambio climático. Su relación es tan estrecha, que fenómenos meteorológicos extremos como lluvias torrenciales, olas de calor o aumento generalizado de las temperaturas medias, por nombrar algunos, afectan directamente a la salud del suelo. Y no solo eso, sino que también afecta a su capacidad para absorber el CO2 de la atmósfera, con lo cual aumentan las emisiones de gases de efecto invernadero.
La adopción de prácticas agrícolas que integren el uso de microorganismos beneficiosos debe ser una máxima en el plan a futuro de la agricultura sostenible, ya que, sin el suelo, no hay vida. Además, es imperativo promover políticas que fomenten la educación y concienciación sobre la importancia de la salud del suelo. Solo a través de un compromiso global podremos asegurar que las generaciones futuras tengan acceso a recursos alimentarios suficientes y saludables. La salud del suelo no solo es un pilar fundamental para la producción agrícola, sino también para la mitigación del cambio climático y la preservación de los ecosistemas terrestres. Por lo tanto, es crucial que gobiernos, científicos, agricultores y la sociedad en general trabajen juntos para proteger y regenerar nuestros suelos, garantizando así un futuro próspero y sostenible para todos.